“La duda”, incluida en el disco Todo esto tampoco soy yo, condensa de manera precisa el juego de espejos que propone Juan Campodónico. Allí aparece Jorge Drexler en un registro inusual: se disuelve en una otredad inesperada, canta desde la voz de una mujer, se presta al desdoblamiento de género y de perspectiva, escribe desde un personaje femenino para hablar de las ansiedades contemporáneas. La canción compone una crónica íntima de los apuros modernos: las velocidades, las histerias, las dudas que se multiplican en el aire que respiramos. Drexler presta su caligrafía y su voz para sostener esa “otredad alternativa” que ilumina la propuesta del disco: no se trata de cantar por uno mismo, sino de habitar voces ajenas para decir lo que nos excede.

Dirigido por Lucía Garibaldi, realizadora uruguaya premiada en Sundance, y Matías Ganz, el video amplifica la tensión de la canción con una estética cinematográfica y el uso de la cámara lenta. Entre gestos mínimos y ansiedad, los personajes evocan los cuerpos espásticos del artista y realizador Robert Longo, atrapados entre el control y la descarga, en una escalada hacia una redención que parece no llegar nunca. Garibaldi convierte la duda en imagen: un movimiento suspendido, una respiración al borde del estallido.
Todo eso sucede sobre un suelo musical que no se limita a acompañar, sino que arde como un campo de tensiones. La mezcla es pura ponzoña: funk carioca y candombe se cruzan en un mismo cauce, produciendo una vibración que ataca tanto las caderas como el hipotálamo. El pulso es físico, eléctrico, casi hipnótico. La batería y las percusiones trazan un mapa de síncopas donde lo rítmico nunca se entrega dócilmente, sino que va y viene, se adelanta y se repliega, obligando al cuerpo a moverse, aunque la mente aún no haya tomado la decisión.
Y en medio de ese engranaje, la sección de vientos aparece como una bandada en pleno vuelo: se abre paso desde el horizonte, toma aire, se despliega en capas y parece levantar la canción entera por encima del suelo. Son ráfagas que expanden el ritmo hacia otra dimensión, que inflan el cuerpo de la canción como un pulmón a punto de estallar. Esa alquimia entre géneros produce un efecto doble: por un lado, el goce inmediato de lo bailable; por el otro, la sensación de estar frente a una arquitectura sonora precisa y total, como si Campodónico tuviera la capacidad de juntar en un solo gesto los lenguajes de distintas épocas que construye con la misma naturalidad con la que otros respiran.
Boletín: Oficina Pública
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